Ficción para adultos: este relato erótico es ficticio, está dirigido exclusivamente a personas mayores de 18 años y representa una fantasía consensuada.
Tras semanas de expectación, el narrador espera a Philipp en un hotel. Los mensajes se convierten en un encuentro cargado donde la fantasía cobra vida.
Índice
Una cita construida a base de mensajes
Después de terminar mi relación con Tim quise explorar una fantasía que llevaba años guardando. Conocí a Philipp en una web de citas. Nunca nos habíamos visto ni habíamos hablado cara a cara; durante semanas nuestro contacto se limitó a mensajes en los que comentamos deseos, límites y expectativas.
Elegimos un hotel porque aquel lugar neutral nos resultaba cómodo a los dos. Envié el número de habitación a un amigo, acordé una hora para que me llamara y mantuve mi teléfono y mi propia tarjeta de acceso al alcance. Philipp y yo pactamos que la venda y el collar formarían parte del juego, pero que nada dificultaría mi respiración y que podía detenerlo todo en cualquier momento.
A las ocho estaba en medio de la habitación tal como habíamos acordado: torso desnudo, ojos vendados y una correa suelta unida al collar. Oí el zumbido de la puerta y luego unos pasos suaves. Al no poder ver, cada sonido parecía mucho más cercano.
Comienza el juego
Philipp cerró la puerta y lo primero que hizo fue preguntarme si seguía estando cómodo. Mi sí sonó nervioso, pero sincero. Su mano se apoyó en mi hombro y recorrió despacio mi pecho. Toda la tensión acumulada en nuestros mensajes se volvió real. Cuando me ordenó arrodillarme, reconocí la voz grave que hasta entonces solo había oído en algunos audios.
Me guio hacia la cama sin tirar de la correa. Allí me permitió levantar un momento la venda. Aquel breve contacto visual hizo que todo resultara más humano y me devolvió la calma. Repetimos la señal de parada, dejamos lubricante y preservativos preparados y solo entonces continuamos con el juego de roles.
Tumbado boca abajo sentí sus manos y después un plug pequeño, introducido lentamente y con abundante lubricante. Philipp anunciaba cada cambio. La entrega me excitaba, pero la confianza no nacía del collar ni de las órdenes: nacía de su atención cada vez que mi respiración cambiaba.
Muy cerca
Philipp me hizo girar y preguntó si quería darle placer con la boca. Asentí y él soltó la correa para no cargar mi cuello. El juego dominante seguía presente, pero por debajo había una conversación constante. Una mano en su cadera significaba más despacio; dos toques significaban parar. Saberlo me permitió concentrarme plenamente en las sensaciones.
La venda hacía que cada contacto fuese más intenso. Notaba sus reacciones y, al mismo tiempo, el plug amplificaba cada movimiento. Cuando me dio permiso para tocarme, desapareció la última distancia entre fantasía y realidad. Encontramos un ritmo común y llegamos casi al mismo tiempo al orgasmo.
Después permanecimos un rato juntos. Philipp me trajo agua, preguntó cómo sentía el cuello y el resto del cuerpo y dejó que yo decidiera cuándo quitarme la venda. El encuentro había sido intenso, pero aquel momento tranquilo posterior me impresionó de la misma manera.
Más que un encuentro anónimo
A la mañana siguiente Philipp ya no era únicamente el desconocido de los mensajes. Mientras tomábamos café hablamos de lo que había funcionado y de lo que cambiaríamos en otra ocasión. No hicimos promesas y ninguno presionó al otro para repetir.
Al salir del hotel sentí orgullo por no haber perseguido mi fantasía de forma impulsiva. Había tomado precauciones, expresado mis límites y decidido por mí mismo cuándo empezaba y terminaba el juego. Precisamente por eso aquel encuentro especial pudo ser excitante sin obligarme a entregar mi seguridad ni mi libertad.
La ficción no es una guía para encuentros reales. El consentimiento voluntario, los límites claros, una señal de parada siempre disponible, el sexo seguro y poder marcharse libremente son prioritarios.
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